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9 Feb

¿Educamos o copiamos?

Enseñar a pensar

La misión de la educación no debería de ser la de crear copias exactas, sino la de permitirles encontrar su propio camino, su propia forma de hacer las cosas y de pensar.

Crecí en los años 70 y principios de los 80 con un mensaje rondando siempre por mi cabeza. Una idea que, a día de hoy, aún sigue ahí, como un eco infinito. Decía: “No destaques, no te diferencies, no preguntes. A los que están arriba, les cortan la cabeza, a los de abajo, les pisan. Tú, siempre en medio. Lo mejor en esta vida es pasar inadvertido”.  Si no era por una cosa era por otra, pero el mensaje siempre estaba ahí. Todo buen sermón terminaba siempre en esa misma idea.

En el cole, todas llevábamos uniforme, el día que daban las notas había que acordarse de ponerse medias y lazo blanco, cuando hacíamos un trabajo manual, tenía que ser el mismo para todas, con los mismos colores, el mismo material y con las mismas herramientas. La fila para entrar a clase debía ser perfecta, por orden de altura, nadie podía sacar un pie por fuera de la línea… Y en silencio, siempre en silencio, ni una voz por encima de otra. Al sentarnos, las sillas no podían hacer ruido sobre el suelo y en el aula, sobre todo con algunas profesoras, se oía el vuelo de una mosca. Aún recuerdo la tristeza que me entraba cuando alguno de mis trabajos de clase era diferente al de las demás, cuando mi caligrafía se inclinaba demasiado o mi bolígrafo pintaba de un azul muy claro comparado con el resto. La uniformidad para mí era sinónimo de perfección. Tenía clavado que diferenciarme era decepcionar a quienes más me querían y a quienes admiraba.

A pesar de mis esfuerzos, recibí muchas críticas por preguntar demasiado, por defender lo que se suponía “indefendible”, por hablar más de la cuenta… Igual no fueron tantas… Puede que si pregunto a mis compañeras de clases ni se acuerden, pero yo las sentía muy profundamente, me dolían mucho porque iban directas contra mi línea de flotación, contra lo que debía de ser mi objetivo: no diferenciarme, pasar inadvertida. Para mí suponían un fracaso, pero, de vez en cuando, no podía evitarlo. Había algo que me quemaba dentro del pecho. No podía soportar callarme cuando veía una injusticia.

La misión de la educación no debería de ser la de crear copias exactas, sino la de permitirles encontrar su propio camino, su propia forma de hacer las cosas y de pensar. Darles libertad para crear. Existen muchas formas de limitar la mente de los niños y atarlas a convencionalismos. Cada vez que les regañamos por no hacer las cosas a nuestra manera, pensando que es la única manera correcta y válida, estamos limitando su creatividad y evitando que encuentren su propia forma de solucionar sus problemas. No lo hacemos con mala intención, al contrario, lo hacemos para protegerlos, pero corremos el riesgo de sobreprotegerlos y hacer que pierdan la confianza en sí mismos.

Yo recibí esta enseñanza de alguien que vivió su infancia en una posguerra durísima, que a su vez fue educado por una madre que vivió su juventud en plena Guerra Civil española, cuando tus ideas o tu forma de hacer las cosas podían, sin más, condenarte a muerte. Entonces, diferenciarse o destacar era peligroso, muy peligroso. Había miedo. Aquella enseñanza era una instrucción de supervivencia válida para aquella época, en plena Transición, pero quiero pensar que no lo es para la España democrática actual. Todo lo contrario.

Este maravilloso corto de animación, que muestra que educar no es llenar la mente de cosas, sino liberarla de ataduras, es el que me ha inspirado esta reflexión.

 

 

Fotografía: www.pixabay.com

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No es necesario reconocimiento
Ana Díaz

Periodista.

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