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21 Sep

“Yo no quiero vagos ni llorones en clase”

Niño triste

Sinceramente, pensé que eso ya se había terminado, pero veo que no… Todavía quedan algunos profesores que siguen utilizando el miedo, los gritos y la descalificación en público como recurso educativo. Creo que ni padres, ni profesores debemos permitir que eso siga sucediendo.

Los gritos no motivan ni ayudan a ningún niño a aprender. A ninguno. Tenga déficit de atención, hiperactividad, altas capacidades, dislexia o retraso madurativo. Ningún ser humano puede estar motivado para aprender si tiene miedo. Es la libertad, el cariño y el respeto lo que motiva a los niños y les hace querer aprender. El miedo mata la curiosidad y sólo sirve para que el niño reproduzca fielmente lo que el profesor quiere. ¿Y acaso es eso aprender?

Un alumno con miedo no aprende, se bloquea y sufre ansiedad. Estamos en el siglo XXI, atrás quedó esa época en la que estaba permitido ridiculizar a los niños en clase, ponerles orejas de burro, llamarles torpes y vagos delante de todos sus compañeros, pasearles con el chicle que estaban mascando pegado a su nariz, obligarles a comer lo que habían vomitado, tirarles de las orejas o darles collejas. Desgraciadamente yo he vivido esa época, he sufrido pescozones y ridiculizaciones en público, pero se acabó.

Hay  estudios pedagógicos que insisten en la necesidad de que los profesores creen entornos de aprendizajes seguros y tranquilos, eliminando la amenaza y el miedo como herramienta de trabajo, y presten más atención a las emociones de los niños.

Un niño necesita estar feliz para aprender. Si no, lo único que no van a olvidar es la cara del profesor y el miedo que le hizo pasar. ¿Cómo vamos a enseñar respeto a los niños, si sus propios profesores no les respetan a ellos y les descalifican en público? ¿Cómo les va a enseñar un profesor a los niños a controlar sus emociones si él tiene continuos accesos de ira? No está justificado de ninguna de las maneras.

Ni un grito más en las clases, ni una descalificación en público, ni una vejación. No sirven de nada. No educan. Minan la autoestima de los niños y les convierte en dianas para el resto de sus compañeros, que ven como el propio profesor abre la veda de descalificaciones contra uno de ellos. ¿Qué manera es esa de educar?

“Yo no quiero vagos ni llorones en clase”, ¿dónde está la empatía de un profesor que pronuncia esta frase ante niños de 8 años? Pues sí, a día de hoy todavía sigue habiendo profesores y profesoras que no permiten a los niños llorar en clase y les ridiculizan delante de sus compañeros por hacerlo.

No debemos permitir que esto siga sucediendo. Ni los padres, ni el resto de profesores. Porque, aunque a veces nos sentimos impotentes e insignificantes, todos podemos hacer algo para cambiar las cosas. No olvidemos que muchas gotas de agua juntas forman un océano… y un océano tiene mucha fuerza.

 

 

Ana Díaz

Periodista.

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